Pasiones y Violencia

Leonor Arfuch
Profesora-investigadora de la Facultad de Ciencias
Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

El día es un atentado
Roberto Matta,1942

Miedo, violencia, inseguridad, vulnerabilidad, son significantes que cualquier habitante urbano reconocería hoy como ligados a su propia experiencia, aunque no hubiera sufrido en carne propia ninguna pérdida o agresión derivada de ellos, más allá de la violencia cotidiana –física, visual, sonora– que se despliega hacia adentro o afuera del umbral doméstico y en los intercambios más corrientes.
Curiosamente, esta percepción, en relación directa con el título de la mesa redonda que hoy nos convoca –“Miedo, violencia y exclusión social”*– apareció extensamente tematizada en una nota del diario La Nación –uno de los más importantes de la Argentina, de tradición conservadora– aparecida el domingo 12 de agosto de 2007, cuyo título, en la primera página, rezaba “Un porteño de cada cuatro fue víctima de la inseguridad,” acompañado de un típico “mapa del delito.”
La nota remitía a los resultados de una gran encuesta realizada por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Universidad (privada) de San Andrés, que interrogó en la primera mitad de ese año a 24.000 vecinos en torno de la “victimización,” es decir, de su experiencia (o la de sus allegados) respecto de haber sufrido algún delito, así como de su “sensación” respecto de la in/seguridad en su barrio y por ende, de su “temor” de ser víctima de alguno. Estos resultados, comentados cualitativamente en relación al tipo de delito, frecuencia, distinción de género, etc. aparecían graficados en varios “mapas” que señalizaban las zonas de alto, medio y bajo riesgo, según un trazado, en orden decreciente, que iba de las más desfavorecidas a las más favorecidas: aun cuando los delitos ocurren siempre entre los más pudientes, son los barrios más pobres los de mayor riesgo.
Más allá de la amplitud de la encuesta y de su peculiaridad –es la primera de este tipo, realizada con un muestreo comunal que recoge resultados diferenciados por barrios y hasta por calles y manzanas–, la idea de “victimización” parece más apropiada, para abordar el tema de la violencia urbana desde el plano de la subjetividad, que los habituales “mapas del delito” que los diarios suelen construir frente a acontecimientos de este tipo y que en general remiten (o pretenden remitir) a la facticidad de los “hechos.” La “sensación” o la “percepción” aparecen aquí ponderadas frente a la estadística de esos “hechos,” siempre incierta, cuyos datos suelen provenir de diversas fuentes (policiales, judiciales, etc.), a menudo incompatibles, y donde ya se sabe que sólo se denuncia uno de cada tres.
Pero si el “miedo” en la ciudad –o la sensación de “inseguridad”–aparece hoy como componente inherente de la subjetividad, no es solamente en relación al delito, a esa crónica roja que constituye el género privilegiado del discurso de la información, ya sea en medios gráficos o audiovisuales –aun cuando esa crónica aparezca cada vez más investida de esa “innecesariedad del crimen,” al decir de Barthes, que lleva a matar porque sí, por poca plata, por nada… (y en ese gesto innecesario es quizá donde anide la mayor violencia, la reacción más primitiva y visceral que enfrenta el tener y no tener, el ser y no ser). Hay otro miedo, que podríamos llamar global, que sobrevuela los espacios físicos y simbólicos, donde la guerra perpetua –el atentado, el secuestro, la invasión, el bombardeo, la huida desesperada, la disolución de los cuerpos, todo lo que condensa la expresión War on terror – está presente en una cotidianeidad amenazada –y amenazante– aunque transcurra en lejanas, desoladas geografías. El hábito de sentarnos frente a ese panorama aterrador desde la intimidad del hogar –y frecuentemente, a la hora de la cena– forma parte inherente de esta “nueva” subjetividad que es también la percepción de una nueva vulnerabilidad, que nos expone al peligro en cualquier escenario. Mucho antes del 11/9, del 11 de marzo en Madrid y del 7 de julio en Londres, tuvimos en Buenos Aires dos escenas de parejo horror: los atentados a la embajada de Israel en 1992 y a la sede de la AMIA, la comunidad judía argentina, en 1994, ambos con elevado número de víctimas y ningún responsable juzgado.
La idea de “victimización” es así pertinente para pensar no solamente nuestro lugar –real o posible– en la trama de delitos comunes de la ciudad en que vivimos –secuestros, robos, hurtos, violaciones– sino también el lugar mismo de la víctima, como figura paradigmática de nuestro tiempo, y su relación necesaria, metonímica, con el miedo. Víctimas de la guerra, la violencia, la discriminación, las catástrofes naturales, que la mediatización pone ante nuestros ojos en un vaivén ya típico, donde las cámaras saltan de las ruinas humeantes, la barricada o la inundación, a los gestos del dolor o la estupefacción, los rostros de testigos o familiares y las fotografías de los afectados, imágenes que se inscriben, bajo un modo trágico, en esa gran retórica de subjetivación, también en auge, donde lo vivencial y lo biográfico adquieren un interés prioritario.1 Así, más allá de las vidas famosas, consagradas, de los géneros canónicos de la intimidad –autobiografías, diarios íntimos, correspondencias– y sus innúmeras variantes, los medios han ido acentuando en los últimos años la focalización en las vidas comunes, cuyas peripecias e infortunios –aún cotidianos– suscitan una inmediata identificación. Una colocación ante la desdicha de un otro “que podría ser yo” –estupor, piedad, indignación, miedo– no exenta de pasión escópica, que comparte, con formas artísticas más elaboradas, esa obsesión de la presencia que Derrida anotara como un rasgo de época: el testimonio, la voz, el cuerpo, la persona, como garantía de autenticidad, es decir, del lazo emocional que anuda la creencia.
Y aquí también podría anotarse una disrupción en la figura de la víctima, una cierta indeterminación entre víctima y victimario, tanto en las pequeñas violencias cotidianas como en ese punto límite que supone la autoinmolación: reunir las dos figuras en un instante imposible donde es el propio cuerpo el que hace estallar otros cuerpos.
A veces, una historia personal, una víctima de la delincuencia, se transforma en emblema, en estandarte, en un asunto público, político, donde se aúnan la sensación de inseguridad, la tristeza, el miedo y la venganza –las pasiones “tristes” según Spinoza– con un sospechoso desliz acusatorio hacia otras víctimas, las de la exclusión social. Así sucedió en la Argentina en 2004 con el “caso Blumberg,” donde el padre de un hijo de clase media alta asesinado por sus secuestradores en un confuso episodio con participación policial, se convirtió de un día para el otro en el referente obligado de la lucha contra la “inseguridad” –con su correlato de violencia represiva y autoritarismo– convocando, con la ayuda de un descomunal aparato mediático, a casi 200.000 personas en la plaza pública más de una vez, bajo el lema “Axel es el hijo de todos” –proeza que ningún político estaba en condiciones de realizar– e imponiendo un endurecimiento en las leyes penales que ningún debate parlamentario hubiera sido capaz de acordar. Afecto, identificación y lazo social se articulaban así dando una nueva forma a la política, o poniendo en evidencia, en torno de una cuestión sin duda candente e insuficientemente abordada por el progresismo –quizá, por nuestra trágica historia, la “seguridad” como ámbito propicio para la vida y su resguardo siempre queda rezagada ante su mala fama– la profunda imbricación entre pasiones y política, que la derecha parece tener muy bien asimilada.2
El caso, por demás paradigmático, revitalizó una vieja polémica: la de los delitos cometidos por “menores” –un significante que sólo alude a niños o jóvenes de clases bajas– y la consiguiente demanda por la baja de la edad de imputabilidad, así como, en general, por el aumento de las penas a toda edad. La clásica aleación entre pobreza/marginalidad/delincuencia –con una tímida referencia a la “corrupción policial”– volvía a poner en la balanza dos polos hipotéticos e inconciliables: de un lado la gente “decente” que estudia y trabaja y respeta las normas –como su hijo–, del otro, los malvivientes, que sólo requieren del rigor de la ley, a cuyo endurecimiento se oponen los defensores de los “derechos humanos” (“que –según el padre–, sólo parecen ocuparse de los derechos humanos de los delincuentes…”). Y aquí, obviamente, en el terreno de la “demanda de seguridad” volvía a dirimirse la cuestión de la democracia –y de la vigencia plena de derechos, como los que postula la Convención Internacional de los Derechos del Niño y el Adolescente suscripta por la Argentina, por ejemplo, y vulnerados por esas demandas– versus la típica reacción represiva, clasista y autoritaria, incrementada sin duda, en cierto registro del imaginario y el sentido común, por la experiencia de nuestras dictaduras.3 Difícil aprehender los rasgos sutiles de esa supervivencia, que a veces se manifiestan muy lejos de su “fuente,” si pudiera decirse, hasta en mínimos episodios de la vida cotidiana.
A ese registro de los delitos que podríamos llamar “corrientes,” donde se mezcla la crónica roja con las redes del narcotráfico y de otros tráficos ilegales, involucrando muchas veces a figuras y funciones de la política, a nivel nacional e internacional (las famosas “valijas,” los hechos de corrupción) podría sumarse otra violencia, de distinta índole, pero que suele tener los mismos resultados trágicos: la del fútbol, la de las aglomeraciones, la que a veces estalla en una protesta popular, impulsada por la represión policial, por ajenos a la misma o por la lógica genuina del antagonismo: si la política se juega también en la calle –el aumento de la protesta y la movilización es notable en la Argentina, y, creo, en toda Latinoamérica– la tensión del enfrentamiento es siempre difícil de graduar: es más una cuestión de cuerpos y de espacios a conquistar que de discursos temperados y meras consignas. Aquí también se “actúa” para (que venga) la televisión y el éxito puede estar dado a veces por la eficacia de la performance (en la Argentina, son claros los ejemplos de los piqueteros, los cortes de ruta, la toma de edificios en protesta, etc.).
Hay también por cierto una violencia simbólica, que atraviesa los géneros discursivos en la multiplicidad de sus ocurrencias, de la palabra al audio/visual, del cine a la literatura, de la publicidad, el diseño o la moda a las artes plásticas, de la pornografía hard o soft a la fotografía documental o la Internet: violencia temática y también formal, violencia del consumo y de la adecuación a modelos excluyentes, forzamiento de los límites de la representación, trabajo sobre lo espectral, lo trágico, lo cadavérico, lo repulsivo y lo abyecto, violencias sobre el cuerpo y sobre el propio cuerpo, sobre la pequeñez y la desmesura, sobre la potencia y la fragilidad, en definitiva, sobre la complejidad del ser en el tiempo y en nuestro tiempo. Una violencia que es a la vez sintomática y catártica, que está presente, con las consabidas diferencias éticas, estéticas y políticas, tanto en el cine de taquilla de Hollywood como en obras de arte o de culto, tanto en el exceso espectacular como en la mortificación minimalista, y que, de diversa manera, escenifica los miedos concientes e inconcientes, la pérdida del rumbo, esas “vidas precarias,” al decir de Judith Butler, que son las nuestras, las de todos nosotros, aún al amparo de una cierta comodidad del vivir y del pensar. Un miedo, cuidadosamente construido desde los medios y la política, como uno de los más eficaces dispositivos de control social.
Uno podría decir que esta violencia no es “nueva;” que el siglo XX, para no ir más atrás, sobrepasó todos los límites del horror y de la experimentación, tanto en la maquinaria de la muerte como en la fantasía apocalíptica, la dislocación formal del arte o el despliegue inaudito de la técnica. Es verdad, pero toda “novedad” presente combina elementos de distintas maneras y en diverso grado, y tal vez de lo que se trate ahora sea justamente de una cuestión de grado, en que una supuesta “normalidad” de la vida –no hay conflictos “mundiales” más allá de la universalidad dudosa de la globalización– transcurre todo el tiempo amenazada por estados de excepción.
Pero quizá la mayor violencia sea aquella que no tiene una escena específica, que sin ser para nada “invisible” sólo puede ser aludida en conexión metafórica o metonímica, o por frías estadísticas que percuten en el imperativo ético pero que tienen muy poca incidencia sobre los “hechos” –porque aquí sí se trata de “hechos:” la inequidad social, el abismo de la desigualdad. El mismo día en que apareció el artículo de La Nación que mencioné al principio, el diario nacional Página/12, que podríamos catalogar como “progresista” –haciéndonos cargo de la imprecisión de este significante– publicó una larga entrevista a un economista argentino muy respetado, Javier Lindenboim, profesor de la UBA (Universidad de Buenos Aires) y especialista en temas de trabajo, donde se aludía precisamente a la desigualdad social como “la madre de todos los temas” pero que, sin embargo, no figura al tope de la agenda pública ni como tematización privilegiada de los medios: su “costado perverso, decía Lindenboim, es que a nadie le importa.” Más allá del adagio quizá bíblico de que “pobres habrá siempre,” es indudable que la herencia de nuestras dictaduras y el neoliberalismo salvaje de los ‘90 dejaron como saldo –entre muchas otras pérdidas– un notorio agravamiento de la desigualdad, en términos de esa brecha distributiva entre los más ricos y los más pobres, que, según las estadísticas, no ha dejado de ahondarse. Es cierto que este fenómeno es de algún modo extensible a los países desarrollados –para algunos, efecto indeseado de la globalización– pero también es cierto que, en un hipotético “mapa” mundial, la cartografía de peligro se sitúa en África, Asia y América Latina.
Esta violencia de la desigualdad se da precisamente en tiempos de una acumulación inaudita de riquezas y de una visibilidad exacerbada de las mismas, gracias a las tecnologías de la comunicación global –nunca hemos asistido a tal despliegue de exhibición de las fortunas, sus cálculos estimativos y comparativos, los modos de vida consecuentes, la invención de territorios donde se concentran los super-ricos. Hace poco también leí, en un diario, una nota, obscena en sus términos, sobre una región en los Estados Unidos creada para que vivan y proliferen sin perturbaciones aquellos cuyas fortunas equivalen –o superan– el PBI de ciertos países.
Esta creciente inequidad, que también se traduce en imparables flujos migratorios, dio impulso, hace algunos años, a la categoría de “exclusión” como analizador ineludible para las ciencias sociales. Un significante sin embargo riesgoso, controversial, por cuanto traza, performativamente, una barrera entre un “adentro” y un “afuera” colocando “afuera” a cierta parte del cuerpo social –a cierta parte de los “sin parte” diría Jacques Rancière– dejando a menudo en la sombra todas las “inclusiones” –afectivas, identitarias, solidarias, institucionales, etc.– que la misma posición genera. Como advertía el etnólogo francés Gérard Althabe, a veces, queriendo denunciar la marginalidad o la exclusión, se corre el riesgo de cristalizarla, esencializando sus términos y sus sujetos.
Violencia de la desigualdad que está en el corazón de esa “violencia sin nombre” –tomo esta expresión de Pietro Barcellona– que afecta a nuestras sociedades y a la idea misma de “comunidad” y que requiere de una nueva concepción de la justicia, tanto en sus términos jurídicos –justicia no como castigo ni como venganza– como éticos y entonces, más allá de los complejos y perversos mecanismos del capital y del mercado, de una nueva concepción de la responsabilidad por el otro, en los términos absolutos en que lo plantea Lévinas, responsabilidad que nos concierne a todos, pese a las (insalvables) disimetrías de poder.

Texto leído en la mesa redonda: “Nuevas subjetividades urbanas: miedo, violencia y exclusión social,”
organizada por el Magister en Estudios Culturales de la Universidad ARCIS, agosto 2006.

Bibliografía

ALTHABE, Gerard 1991 Vers une ethnologie du présent, Cahier 7, Paris, Éditions de la Maison du Sciences de l´Homme.
ARFUCH, Leonor 2002 El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
––– 1997 Crímenes y pecados. De los jóvenes en la crónica policial, Buenos Aires, Cuadernos del UNICEF Nº 2, 1997.
BARCELLONA, Pietro 1992, Postmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social, Madrid, Trotta.
BARTHES, Roland 1984 [1967] Le bruissement de la langue. Essais critiques IV, Paris, du Seuil.
BUTLER, Judith, 2006, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, Buenos Aires, Paidós.
LEVINAS, Emmanuel 1983 [1979] Le temps el l´autre Paris, Quadrige/Presses Universitaires de France
MOUFFE, Chantal, 2005 “Política y pasiones: las apuestas de la democracia” en Arfuch, L. (Comp,) Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias, Buenos Aires, Paidós. pp. 75-101.
RANCIERE, Jacques 1995 [1996] El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión.

Notas

  1. He abordado extensamente esta temática en mi libro El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea, Buenos Aires, Paidós, 2002 (2da. Reimpresión 2007).
  2. Es interesante al respecto el planteo que hace Chantal Mouffe en el artículo “Política y pasiones: las apuestas de la democracia” en Arfuch, L. (Comp,) Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias, Buenos Aires, Paidós, 2005. pp. 75-101.
  3. En la minuciosa construcción de la “criminalidad juvenil” –como de la criminalidad, a secas– en la prensa gráfica o televisiva, son notorios los procedimientos discursivos que recrean la escena del crimen, su anterioridad o sus resultados, a través de la voz de testigos, vecinos, parientes, a menudo reproducida –o recogida– como en el diálogo de la novela, y donde aflora de inmediato la violencia como excusa para más violencia, el “ojo por ojo” como única forma de entender la justicia. He trabajado este tema, en particular ligado a la “criminalidad juvenil” en Crímenes y pecados. De los jóvenes en la crónica policial, Buenos Aires, Cuadernos del UNICEF Nº 2, 1997 (2da. Edición, 2001).
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